Me esperaba a la salida de clase, sentado en la moto. Me despedí de mis amigas al verle y crucé la calle en su dirección. Primero le di un beso en los labios, muy rápido, pero después, al ver que él no se movía, le ofrecí un segundo mucho más denso y duradero. Pese a todo, fui yo misma la que lo cortó separándome un poco para vencer la resistencia del brazo que me mantenía retenida por la cintura.
-Venga, vámonos. 
-Nadie nos mira.
-Ya, que te lo crees. El mundo está lleno de expertos en mirar por el rabillo del ojo.
-Vale. Toma.
Me puse el casco que él me dio, y luego me subí a la grupa de la máquina, por detrás de él, aferrándome a su cuerpo. Me gusta el contacto. Me sentía segura agarrada a él. Podría hacer los kilómetros que hiciera falta. La única pega residia en llevar el dichoso casco y no poder apoyar mi cara desnuda en su espalda.
El motor rugió al abrir el contacto. Una, dos, tres veces. Tras ello el vehículo se puso en movimiento, esperó a que nos rebasara uno de los automóviles que circulaban por la misma calle, y por último nos alejamos despacio de las inmediaciones de la facultad. Fue un paseo breve, para apartarnos del enjambre de chicos y chicas que pululaban por allí, porque en menos de tres minutos se detuvo en la parte más discreta de los jardines, en la misma Diagonal. Al apagar el tronar del motor comprendí que no íbamos a seguir. 
-¿Qué haces?
-Venga, dime. Me muero de impaciencia.
-Eres peor que Fina. -me burlé
-¿Ya has visto a Fina?
-Sí, este mediodía, entre clases. 
-O sea que le cuentas todo a tu mejor amiga antes que a mí. Genial.
-No seas burro
Miguel cambió su gesto de resignación por otro de renovada impaciencia.
-Bueno, ¿qué?, ¿pasé el examen?
-Yo diría que con matrícula
-¿En serio?-pareció quitarse un peso de encima.
-Mi madre ya debe de estar llamando a todas sus amigas para contarles como eres, y no digamos mi hermana.
-Ya, tu madre es una santa y Alexandra un bicho, lo sé, y a mí también me parecieron geniales, pero, ¿y él?
-No me ha dicho nada
-¿Nada?
-Nada
-¿Y eso es bueno?
-Mucho. Si no le hubieses gustado ya lo habría hecho saber de alguna forma.
-O sea que como no me ha masacrado es buena señal.
-La mejor.
Miguel plegó los labios resignado aunque con un deje irónico en la expresión.
-Retorcidillo tu padre, ¿no te parece?
-Ya le irás conociendo.
-Bueno, me lo esperaba, porque ya me habías hablado mucho de él, pero en persona...
-A la gente le asusta un poco.
-¿Un poco? A muchos debe acojonarles del todo.
-Tampoco hay para tanto.
-No, que va. Te mira como si se metiera dentro de ti
-Es que vas a llevarte a la joya de la corona, querido. -me señalé a mí misma, orgullosa-. No va a darme al primero que pase.
-Cuando nos quedamos solos tuve hasta miedo de que me preguntara si iba en serio o si ganaría lo suficiente para mantenerte.
-Es cierto, ¿de qué hablasteis?
-De vaguedades. Me preguntó si me gustaba el fútbol
-Qué manía con el dichoso fútbol
-Pues se enrolló bastante con lo de la Copa y las posibilidades de argentina y el post-maradonismo y qué se yo. Tendré que ponerme al día.
-Tú hazlo y se acabó. Aparte de no fumar, ése es uno de tus encantos mas sobresalientes.
 Así que en esos cinco minutos solo hablasteis de fútbol.
-No, también me preguntó cuándo acababa la carrera y cómo me iba.
-Una forma muy sutil de calcular cuándo vamos a vivir juntos o a casarnos. Asi que.. te parecio bien?
-Oye, que voy a pasar el resto de mi vida contigo, no con él.
-¿En serio?
-De verdad que sí, que lo encontré serio pero normal.
-No, tonto, que si es en serio lo de que vas a pasar el resto de tu vida conmigo.
-Ah, pues sí, parece que eso ya está más o menos...
No le dejé seguir. Le tapé la boca con un beso y los dos nos apretamos el uno contra el otro hasta que nuestras respiraciones se acompasaron. El tiempo dejó de existir.
No nos separamos hasta que la sirena de una ambulancia, circulando por el centro de Barcelona, nos arrancó del éxtasis romántico. Miramos hacia los carriles centrales de la avenida, justo para ver la estela blanca y las luces rojas del vehículo con alguien que estaría debatiéndose entre la vida y la muerte en su interior. Cuando giré la cabeza para volver a besarle, me encontré con su mirada dulce y cargada de luces.
-Es increíble -musitó
-¿Qué es increíble?
-Lo hermosa que eres.
-Bueno, tengo mis cositas, eh?
-No seas tonta. Eres la mujer más hermosa que he conocido en la vida.
-Mi hermana aún lo es más.
-Para tener quince es un dulce, desde luego. Pero tú aún eres más hermosa que ella.
-No nos parecemos en nada
-Ya me fijé, pero no me refiero a eso. Alexandra es guapa, exuberante, con una chispa natural que es muy importante, y será... ¡qué se yo!, modelo, presentadora de televisión, actriz o lo que quiera. Pero es distinto. Tú eres hermosa. Y ser hermosa es distinto a ser guapa o estar como un tren.
-Gracias.
-Ni siquiera te pareces a tus padres.
-No. No me parezco a nadie.
-Bien. Pieza única.
Volvimos a besarnos, y esta vez no nos apartamos un ápice en bastantes minutos, tantos que cualquiera habría podido llevarse la moto sin que nos diéramos cuenta. Y eso que estábamos sentados encima de ella.