El tiempo era vital para ella, lo supe en cuanto la oí hablar. La falta de importancia que le daba a la palabra placer, referirse a dormir 5 horas al día como su tiempo libre, la ceguez de su codicia... Pude adivinar, más tarde, el único propósito que estaba en su mente mientras hablaba conmigo. Triunfar. Triunfar conmigo y con el mundo entero. Yo solo era un escalón más. No le importé lo más mínimo, fui solo un sujeto al que tuvo que convencer de lo que ella valía. Triunfar no por la miel del triunfo si no por evitar la ruindad del fracaso. No había punto medio, no existía para ella. Una vida normal y digna, por la que muchos luchaban, era una fatalidad en toda regla. O triunfo supremo, o muerte.
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